Creo que no hay nadie a quien no le fascine la mirada y la sonrisa de los delfines. Es uno de esos animales por los que todos sentimos especial simpatía y soñamos siempre con nadar junto a ellos, dejar que jueguen con nosotros y nos fascinen con su espectáculo de saltos, giros y piruetas.
Hay animales que despiertan ternura, admiración y una curiosidad casi infantil, y los delfines ocupan, sin duda, uno de los primeros puestos. Su forma de moverse, su inteligencia, su aparente alegría y esa conexión tan especial que parecen tener con el ser humano hacen que muchísimas personas se pregunten alguna vez dónde nadar con delfines o incluso dónde nadar con delfines en libertad. Y es lógico. Es un sueño precioso.
Pero precisamente porque es un sueño tan especial, merece cumplirse bien. Merece hacerse desde el respeto, desde la emoción auténtica y desde la libertad. Porque sí, este sueño se puede hacer realidad, pero nunca, nunca, jamás penséis en un delfinario, un zoo o cualquier lugar donde estén recluidos en una cubeta, por más que quieran darle sensación de “gran tamaño”, donde están hacinados, encarcelados, tristes… o peor aún, donde ni siquiera han conocido la libertad.








